martes, 28 de agosto de 2012

CONFESIÓN


CONFESIÓN
Señor juez:

Mi nombre es Pedro Sánchez y me dirijo a usted para confesarle mi crimen, si Señor, he matado, y necesito su condena para seguir viviendo. Necesito pagar mi culpa, aunque yo nunca me lo perdone.
El día 25 de septiembre 1984, lo recuerdo como fuera si fuera hoy, porque era el cumpleaños de la Negra y de mi hermano, mi hermano del alma Horacio Santillán. Su jermu había hecho esas tortas fritas, que tanto le gustaban al Cacho; Cacho le llamábamos cariñosamente a Horacio.
Ese día al Cacho lo vi nervioso, pero dados los acontecimientos de lucha que se estaban generando y los aprietes que habíamos recibido desde el gobierno no le di mayor importancia.
Salimos esa mañana como lo habíamos previsto, con todas las familias apoyando esta protesta; las mujeres llevaron la olla de la escuela, y todos pusimos lo que teníamos…, no quedaba otra, no se trataba ya de un aumento salarial. Y.C.F yacimientos carboníferos fiscales, se declaro en quiebra, cerró…
Quedaron las minas cerradas, abandonados los camiones, los carros mineros y nosotros también, sin los sueldos ni indemnización, como si fuéramos parte del chatarrerío.
En la desesperación y el hambre nos organizamos el Cacho y yo, llevando el liderazgo de la movida conscientes lo que nos exponíamos. La verdad, Señor Juez, que los jefes metieron la mano en la lata… y se le fue la mano, y estaban dispuestos hacer cualquier cosa para defender sus intereses, desde matar hasta comprar voluntades.
La noche que decidimos levantarnos y dar la lucha, el Cacho y yo reafirmarnos el pacto de sangre, nuestros viejos también eran obreros, pero en a aquella época sólo estaba el yugo y nada de derechos; nos criamos juntos con el Cacho, jugando al futbol en el potrero descalzos con la pelota de trapo que nos hizo mi viejo; el primer pacto de sangre lo hicimos en ese mismo potrero cuando el Cacho quedo huérfano, su viejo cayó de un andamio de construcción, un accidente de trabajo que nadie pagó.
El segundo lo hicimos cuando empezamos a entender sobre nuestros derechos, los derechos pocos que empezábamos a ganar los trabajadores.
Y el tercero esa noche, fidelidad a nuestros principios de laburante y a nuestra gente.
Perdone, Señor juez, que me vaya de tema. Ese día 25 de septiembre con toda las familias, o sea, todo el pequeño pueblo minero, cortamos la ruta nacional, e hicimos una olla popular, lo que cada uno había encontrado en nuestras casas.
Gendarmería sin importar los pibes y las mujeres vinieron a reprimir, pero cuando vieron la gente de la televisión, se mantuvieron quietos. Tres días estuvimos presionados, tensionados y en negociaciones, desde hacía tres meses... el Cacho que tenía un poco mas de labia y libros, nos representaba.
En unas de esas negociaciones, que fue llamado mientras todo el pueblo hacia el aguante en la ruta, como el Cacho tardaba, decidí acercarme a la camioneta de las negociaciones…
Yo estaba armado, Señor Juez y lo vi al Cacho tomando un sobre lleno de guita…
-¿Qué haces mierda?-le grité.
Y como lo habíamos pactado con sangre, sin dudar un segundo, saqué el arma y dispare directo al corazón.
Corrí hasta él y lo abracé mientras caía.
-perdóname hermano… -susurró mientras salía un hilo de sangre por la boca- Y murió en mis brazos…

Una historia de una ruta argentina, testigo muda de las injusticias que se repiten en la historia, diferentes épocas y lugar geográfico y un mismo tema: la deuda interna, que no se paga y sí se olvida...

Susana Austin

No hay comentarios:

Publicar un comentario