Despedida en primera persona singular
Desde mi canciones en portugués a las lecturas de poemarios sempiternos
extrañamente me sorprendo del afán posesivo de hablar en primera persona que tengo desde hace un tiempo.
Tú me dirías que es el ego
de la mujer natura,
la que se sabe creatividad,
gestadora, paridora y nutriente;
al pensarlo me doy cuenta que he cometido dos errores terriblemente innecesarios:
Primero, me dejé vencer de los nosotros,
de la totalidad de los muchos,
como si hubiera sido una gota el en océano,
y me turbé,
me olvidé de mi misma para dejar de vivirme.
En segundo lugar,
estuve mucho tiempo concentrada en desatar
las poderosas palabras de mi ser en ti,
oídos sordos permanentes.
Porque nunca me viste,
no me ansiabas sino a ti mismo.
He sido el medio, el conducto, el puente;
nunca el río ni la siembra, no el árbol ni los frutos,
nunca yo misma,
sino tú.
Miro tus fotos con añoranza y me pregunto
si a la distancia de los pasos de regreso
a la vida anodina que llevabas
al menos hoy te alzas más alto que los muros
de la prisión frívola que te tiene detenido,
porque sí te quise
y aún podría reedificar
los jardines floridos en la fatuidad desértica de tu corazón,
pero doy por bien donadas
las dádivas de mis besos
a tu boca inconsistente
ignota de amores definitivos,
que no sabe de mimos ni sabores deleitosos,
entretenida en el divagar falaz
de conquistas elementales.
Si,
por esta misma razón ordeno transcurra el olvido
en sus hilos imperceptibles y envolventes,
lujuriosamente separatista
que hace que el tiempo se propague
en telas de araña encapullante
para devorar a sus víctimas:
los cobardes
negados a vivir
la primera persona del presente plural de la existencia.
Y, no,
no es ego la conjugación verbal desde mi misma.
Es espejo,
y me agrada la imagen que refleja,
porque la mujer que veo es hermosa,
completa, turgentemente femenina
y sobretodo, veraz.
Ciertamente no puedes ver
ni conjugar en nosotros,
entonces
vaciados los alabastros ofrendados
llenos de mi,
me despido para siempre
en primera persona
singular,
en un adiós sin retorno
a lo que nunca iba a ser.
PALOMA TORCAZA (Chile)
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