INFIERNOS INTERNOS
El valle gris de la agonía eterna,
lucía bajo el cielo plomizo,
mares vacíos, árboles secos.
Allí una mujer sin lágrimas.
El desierto opaco sembrado en su alma,
Encracelándole sin ley, una pena...
Ella tenía el arcoiris en los ojos
surcándole cielos de infancia.
Se movía a la victoria,
entre seres grises y autistas...
Las paredes de su casa, barro resquebrajado,
un desconocido dormía en su lecho.
Una pluma de cisne rosado,
vestigio edénico de vuelos lejanos,
sobre una caja de madera.
Arriba, sin luz, una ventana
solo algunas veces entraba un halo de luz
o dejaba ver un jardín verde bajo el sol.
Ella sabía que se había perdido
y que existían los paraísos.
Era densa la atmosfera,
tan densa la soledad,
que hasta la muerte sería alivio.
Los habitantes del valle agónico,
habían perdido las alas de identidad.
El desánimo les había cristalizado el corazón.
En la niebla se erguía,
una y otra vez, su figura femenina.
La fe anidaba en ella,
la fuerza roja en venas, gritaba.
Silenciosa trepaba montañas de cenizas,
buscando en el horizonte ciego.
Más allá la cruz del sur, la estrella del norte.
Sin brújulas, en un caos de noches indefinidas...
Acosada por las sombras
montada en vehiculos, sin color...
En el círculo de las lagrimas no lloradas,
domaba caballos de arena,
mordía el polvo sobre fisuras de la nada.
Arrastraba el alma por los senderos desolados.
Y de tanto en tanto,
latigazos del miedo la detenían...
Una y otra vez se detenia, guerreaba,
contra predadores de libertad,
demonios succionadores de vida.
Los buitres del pánico,
cavadores de fosas hambrientas.
El cielo conmovido,
materializaba desde el suelo polvoriento,
entre espectros y fantasmas,
algún maestro guía entregaba claves,
simbología de firmamento.
Se alimentaba de frutos con gusto nada,
bebía vinos agrios
y la esperanza danzaba en ella.
No decía, callaba, gemía hacia dentro
aunque deseaba llorar a gritos...
Un día, respuesta a sus plegarias,
una virtud dejó un jazmín entre sus manos...
Yacía, lapidada de sueños malos,
respiraba niña exhausta,
en su túnica de carne madura.
Aromas de jazmines y rosas,
abrieron sus labios infantiles
y de sus entrañas se levantó,
sonidos de cristales rotos,
un dolor viejo y largo la abandonó.
Los ángeles festejaron,
la vida regreso recién parida
Y ELLA INICIÓ UN VIAJE AMANECIDO.
lucía bajo el cielo plomizo,
mares vacíos, árboles secos.
Allí una mujer sin lágrimas.
El desierto opaco sembrado en su alma,
Encracelándole sin ley, una pena...
Ella tenía el arcoiris en los ojos
surcándole cielos de infancia.
Se movía a la victoria,
entre seres grises y autistas...
Las paredes de su casa, barro resquebrajado,
un desconocido dormía en su lecho.
Una pluma de cisne rosado,
vestigio edénico de vuelos lejanos,
sobre una caja de madera.
Arriba, sin luz, una ventana
solo algunas veces entraba un halo de luz
o dejaba ver un jardín verde bajo el sol.
Ella sabía que se había perdido
y que existían los paraísos.
Era densa la atmosfera,
tan densa la soledad,
que hasta la muerte sería alivio.
Los habitantes del valle agónico,
habían perdido las alas de identidad.
El desánimo les había cristalizado el corazón.
En la niebla se erguía,
una y otra vez, su figura femenina.
La fe anidaba en ella,
la fuerza roja en venas, gritaba.
Silenciosa trepaba montañas de cenizas,
buscando en el horizonte ciego.
Más allá la cruz del sur, la estrella del norte.
Sin brújulas, en un caos de noches indefinidas...
Acosada por las sombras
montada en vehiculos, sin color...
En el círculo de las lagrimas no lloradas,
domaba caballos de arena,
mordía el polvo sobre fisuras de la nada.
Arrastraba el alma por los senderos desolados.
Y de tanto en tanto,
latigazos del miedo la detenían...
Una y otra vez se detenia, guerreaba,
contra predadores de libertad,
demonios succionadores de vida.
Los buitres del pánico,
cavadores de fosas hambrientas.
El cielo conmovido,
materializaba desde el suelo polvoriento,
entre espectros y fantasmas,
algún maestro guía entregaba claves,
simbología de firmamento.
Se alimentaba de frutos con gusto nada,
bebía vinos agrios
y la esperanza danzaba en ella.
No decía, callaba, gemía hacia dentro
aunque deseaba llorar a gritos...
Un día, respuesta a sus plegarias,
una virtud dejó un jazmín entre sus manos...
Yacía, lapidada de sueños malos,
respiraba niña exhausta,
en su túnica de carne madura.
Aromas de jazmines y rosas,
abrieron sus labios infantiles
y de sus entrañas se levantó,
sonidos de cristales rotos,
un dolor viejo y largo la abandonó.
Los ángeles festejaron,
la vida regreso recién parida
Y ELLA INICIÓ UN VIAJE AMANECIDO.
Susana Austin
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