miércoles, 29 de agosto de 2012

LAS MANOS DE MI PADRE


LAS MANOS DE MI PADRE
Las manos de mi padre, -nunca las había acariciado tanto como ahora- las que se abrían para recibirme encaramada en esos brazos fuertes y musculosos del levantador de pesas que practicaba en el patio de la casa sureña cerca de las aguas verdes del Bueno. 

La delicia de sus callosidades de hombre de trabajo que al tomar el lápiz sabía dirigir las mejores letras, elegantes y definidas, nunca dudosas ni ocultas, con esa firma que cada uno de nosotros con mis hermanos intentamos imitar de pura admiración por la elegancia de su trazo y la autoridad de su nombre.

Sus manos, que desde pequeño emprendieron tareas de adulto por la necesidad de su origen proletario, lustrando zapatos en la plaza del pueblo, estudiando bajo los postes del alumbrado público en las afueras de su casa porque adentro la oscuridad de la pobreza no dejaba iluminar el cuaderno de hojas verdes que se usaban para "borrador", menos él, porque no había más. Esas mismas manos y sus cuadernos de niño-hombre revolucionario de lucha de clases en carne propia que aprendía escuchando a sus profesores para luego ganar sustento enseñándole a sus compañeros de nivel social envanecido de pueblo chico, lavaban los pies de su padre, mi abuelo, en señal de respeto como hijo mayor (costumbre que fomentó también con nosotros, que hicimos lo mismo con él, y sólo hasta ahora hemos comprendido la envergadura de la entrega de amor en ese gesto sublime de hijo).

Las manos de mi padre castigaban si veía injusticia hacia el necesitado, al desvalido, al pequeño. Así como se deslizaban por las cuerdas de la guitarra entonando boleros de añoranza y amores, eran capaces de golpear con dureza ante una actitud traicionera, enderezando mis pasos por el camino más angosto de la ciudadanía latinoamericana. Asida a ellas iba a Osorno con mi árbol caminante, como siempre lo vi, a pasear a las mejores librerías para regresar cargados de letras para devorar con deleite, alimentando el hambre del espíritu de los intelectuales que se han hecho a si mismos, "self made man" que nunca calzó en la mediocridad de los conformistas; y al cine, a ver películas de Joselito o de guerra de aviones alemanes que se abalanzaban sobre mi cabeza, y que debían buscarme bajo las butacas que había convertido en trincheras imaginarias en panavisión.

Las manos de mi padre cargaron hijos, pero con más amor han llevado nietos, frutos de su simiente a los que se ama más, según indica en su pecho, mostrando su corazón. Esas manos amaron a mi madre, y escasamente otra mujer dirá que ha sido tan deseada por el padre de sus hijos, y fueron nuestra defensa cuando optábamos entre lo correcto y lo conveniente, decidiendo siempre por mirarnos al espejo cara a cara sin avergonzarnos.

(Hoy dormí con mi cabeza sobre la cama del hospital donde está mi padre, y su mano diestra -precisamente la zurda- acariciaba mi mejilla mientras velaba mi sueño. Al despertar, sus ojos se embelesan contemplándome -sólo he visto esa mirada tan plena en mi hijo- y toma mis manos apretándolas fuerte para ordenarme que debo regresar a casa porque ha oscurecido el día).

PALOMA TORCAZA (Chile)

No hay comentarios:

Publicar un comentario