martes, 28 de agosto de 2012

Por culpa de Cupido en la red global


Realizaba mis observaciones de trabajo de investigación en el antiguo Openchat. Había un grupo de chilenos muy agradable, cuyas edades oscilaban entre los 19 a los 60 años, margen etáreo bastante amplio.

Los celulares a la fecha eran escasos, así como la comprensión del uso de internet como medio de interacción social, y menos aún para entender la forma de enamoramientos que la virtualidad pudiera desencadenar. Los docentes de la UFRO no tenían parámetro de comparación, por lo cual su ayuda analítica y metodológica era bastante escueta, motivo por el cual no pude agregar testimonios de informantes de casos reales como el que les relato ahora.

Les comenté que los celulares eran de uso poco habitual, no como ahora. Y es importante mencionarlo porque en esta historia un aparato de estos cobra importancia relevante, en cuanto José (así llamaremos al jovencito de 19 años, estudiante de Ingeniería de la Universidad de Chile, año 2009), y Ángela (la muchacha de 20 años, estudiante de Psicología de la misma universidad) tenían el sistema de mensaje de texto como uso permanente de comunicación cada vez que no estaban conectados al chat. 

Formo parte de la historia, como verán, en la conclusión y/o climax de la misma, porque mi amigo, de 19 jóvenes años, me comentaba habitualmente de las dificultades de su relación, pero del amor que había comenzado a brotar entre ambos. Ella era tan especial, siempre tenía la palabra exacta, el tema ideal de conversación, la broma precisa, la risa perfecta; entendía sus divagaciones intelectuales -no siempre quiso estudiar ingeniería, pero optó por esa área precisamente por el aspecto económico y laboral, aunque su tendencia natural de inquietud era humanista-.

Le comenté alguna vez que tuviera cuidado y que apresurara un encuentro personal, a fin de que se evite posibles decepciones posteriores, y además confirme la existencia real de dicha princesa.

Los chateos comenzaron a subir de tono, ya fue necesario iniciar trámites de compra de computador propio y no sólo el de los laboratorios universitarios, que son públicos. Ella tenía su propio computador, él se consiguió una cuenta en una tienda muy conocida y a muchísimo plazo, se compró uno, más la red telefónica con internet (si te llamaban al teléfono, quedabas descolgado de internet, porque era la misma línea telefónica; un sistema muy incómodo en la época).

Y los chateos eran interminables, hasta la madrugada; y las formas amatorias variaban de acuerdo a la misma imaginación que se prolongaba en esas horas que se hacían breves entre los enamorados.

Me contaba él que inicialmente sus conversaciones eran de un nivel erótico muy ligado a la poesía; incluso comenzó a escribir él mismo, de tanta inspiración que le bullía por las venas. Ella celebraba cada palabra del joven príncipe enamorado, y sus reacciones eran tan maravillosamente románticas que ella misma, a su vez, le devolvía las palabras en otras tan hermosas como las de él. Era fascinante.

Lamentablemente nunca pudieron usar cámara para el chateo, pudiendo haberse ido al otro sistema de chat de este tipo; ella no tenía, a pesar de que desde que existió internet en Chile contaba con conexión. Es que su papá era periodista, lo necesitaba.

Dentro de mis observaciones hubo un momento en que me vi sorprendida con mi joven amigo, cuando me confiesa que ha llegado al nivel de hacer el amor con ella, todo online, describiendo cada acción del amor, casa sentir, a través del teclado. Y de tal nivel la reacción hormonal que necesariamente estas conversaciones, cerebralmente vívidas, se transformaron en manifiestas sesiones fotográficas masturbatorias ante la cámara web, para enviarle a la princesa la prueba fehaciente del clamor de su envergadura masculinísimamente bullente de deseo de ella. Le recomendé que la citara en persona, es más sano hacer el amor en persona que rondar en los límites de la locura de la virtualidad (no conocíamos los efectos de estas manifestaciones conductuales aún desde las Ciencias Sociales).

Y acordaron su primer encuentro en un sector del campus de la Universidad, donde se encuentra la escuela de Psicología. Ella le envió fotos más recientes para que la reconociera inmediatamente. Era preciosa, su cabello, sus faldas atrevidas, la forma en que se maquillaba, ¡qué mujer!
Y fue... Esperó, media hora más; ella se habría retrasado. Una hora más, dos horas; cuatro horas. No llegó. La llamó al celular y contestó el papá; se le había quedado el celular en la casa.

Dejó pasar el día y se conectó desesperado al openchat en la mañana a primera hora; ahí estaba ella, llena de explicaciones, que la perdone, no pudo salir de la clase extra que tuvo, y precisamente el celular se le había quedado en la casa.
Él hubiera deseado escuchar su voz explicándole. después de todo, siempre sus mensajes eran solamente de texto, pero seguro que su voz era tan hermosa con ella en las fotos que le había hecho llegar.

De nuevo otra cita, y tampoco pudo llegar; y así una tercera y una cuarta vez... En su desesperación, comenzó a rearmar la historia y me preguntó directamente (siempre mencioné a mis informantes lo que estaba haciendo en el chat, me parece más ético que hacer la observación sin que conozcan la intención de mi presencia, a mi no me gustaría que me usen como conejillo). Claro que habían cosas extrañas, y le dije: - espera, haré unas llamadas. Me comuniqué con Isadora, una chatera de antigua data en el Openchat, secretaria de un afamado actual Senador de la República; mujer inteligente, adulta, culta y de armas tomar. Le comenté; no fue preciso más, y comenzaron las averiguaciones online y telefónicamente, incluyendo rastreo de IP. Hasta los amigos hackers fueron de ayuda.

Recibo la llamada de Isadora al departamento que estaba ocupando en Santiago, donde me encontraba realizando entrevistas con mi grupo de informantes, y me entrega los resultados de la investigación. Seguramente fuimos de los primeros investigadores privados de la red, en esto de los amores no hay que medrar en medios de confirmación.
Al día siguiente, 08 de la mañana, me corresponde hacer el llamado a mi joven y enamorado amigo. Tal como le prometí, el rastreo fue completo: ella es hija de un connotado periodista de un medio de prensa escrito de reconocida trayectoria nacional que forma parte de la empresa EL Mercurio. El número de celular corresponde a este periodista de, en ese tiempo 57 años, lo mismo que la dirección IP pertenecían en el día a la empresa periodística, y en las noches al domicilio del profesional. Ella sí es alumna de Psicología, pero no tiene celular, no chatea; se dedica a sus estudios, su pololo (novio) y a sus organizaciones sociales de ayuda para niños.

Ella nunca fue ella, por eso no hablaba al celular, no tenía cámara web, y no llegaba a las citas; tampoco fue ella quien recibió las fotos ardientes de mi amigo informante.

Supe que el joven, ya ingeniero a esta fecha, pasó por un fuerte proceso depresivo que tardó al menos seis meses en sanar, pero finalmente conoció en el mismo chat a una chica de su misma universidad, con la salvedad de que en cuanto se dio cuenta que había ciberquímica, partió a constatar empíricamente que fuera real; y lo era, hasta hoy, que son esposos y padres de dos hermosos hijos ya grandecitos (el tiempo no cesa de apresurarse).

Hace poco me enteré que el periodista aquel fue dejado en evidencia por sus propios colegas, quienes realizaban una investigación sobre este tipo de fenómeno de suplantación de identidad en internet, y la doble vida virtual de los gay no asumidos.

PALOMA TORCAZA

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